La villa de Espeja tiene una historia que supera el milenio y su importancia ha sido cambiante, ha atravesado por etapas de cierto esplendor y por otras de absoluto mutismo histórico.
A principios del siglo XV se produce un hecho trascendental en la historia de la villa que marcaría el inicio de una cierta recuperación, pues cerca del lugar de Guijosa se funda el Convento de Santa María regentado por frailes Jerónimos.
Fue fundado en 1401 por el cardenal y obispo de Osma Don Pedro de Frías, aunque los monjes residían antes de la fundación en una ermita habilitada para tal fin de nombre Santa Águeda.
La iglesia del monasterio fue construida gracias a la familia Avellaneda. Don Diego de Avellaneda, obispo de Tuy, compró los altares laterales del crucero de la iglesia para construir en ellos el sepulcro (en alabastro y jaspe de la zona) de sus padres, Don Diego de Avellaneda y Doña Isabel, y el suyo propio y construyó un palacio para él y su familia anexo al presbiterio de la iglesia. Actualmente, el sepulcro de Don Diego está expuesto en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
El monasterio tenía dos claustros, uno para los monjes de estilo herreriano, y otro para la hospedería, ambos eran de doble arquería. El edificio, además de las celdas de los monjes, contaba con graneros, corrales y una huerta cerrada.
Desde el principio de la fundación fueron los frailes los encargados de atender las iglesias de la jurisdicción de Espeja, hasta mediados del siglo XIX, cuando desapareció el convento a causa de la Desamortización.
Al convento de los Jerónimos, vinieron a descansar los huesos de San Marcelino, mártir cristiano, cuyas reliquias una vez desaparecido el monasterio serían trasladadas a la parroquial de Espeja, adoptando así la villa el famoso apellido que hoy ostenta y al que dedican sus fiestas.